DESDE LOS VESTIGIOS DE NUESTRA NATURALEZA HASTA LA PRIMERA INFANCIA

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DESDE LOS VESTIGIOS DE NUESTRA NATURALEZA HASTA LA PRIMERA INFANCIA
García-Giralda Bueno, Mª L.
En Aula de Formación Abierta 2001
Edita: Universidad de Málaga. Dirección General de Alumnos y Servicios a la Comunidad Universitaria de la Universidad de Málaga y Junta de Andalucía. Consejería de Asuntos Sociales. Delegación Provincial de Málaga, 2001, pp. 541-544
ISBN: 84-7496-880-1

Hace aproximadamente 45 millones de años vivían en nuestro planeta unos pequeños monos que los científicos aseguran ser los parientes más lejanos del hombre. Después, tras una evolución, surgieron los monos propiamente dichos: los simios; y finalmente, hace más o menos 100.000 años apareció el ser humano. De los primeros representantes del grupo de los homínidos, el más antiguo es el Homo habilis, el siguiente el Homo erectus y por último el Homo sapiens; sin embargo, aunque actualmente está fuera de dudas la relación del hombre con los demás primates no es todavía posible reconstruir con exactitud la filogenia humana.
Sabemos que con la maduración progresiva del sistema nervioso central se van desarrollando las posturas y los movimientos del lactante que en un principio aparecen de forma refleja con el fin de favorecer la adecuación del individuo al ambiente. Estos reflejos son reacciones automáticas desencadenadas por estímulos que impresionan distintos receptores y están enraizados en la filogenia, provienen de un pasado biológico remoto y acompañan al ser humano durante la primera edad, algunos durante toda la vida.
Por ejemplo, los reflejos de prensión palmar y plantar (que presentan los niños desde el nacimiento hasta aproximadamente los cuatro y ocho meses de edad respectivamente) están íntimamente ligados al conocimiento de las manos y de los pies como partes integrales del cuerpo. El primero consiste en el cierre de las manos cuando se estimulan las palmas presionándolas con algún objeto; el automatismo resultante es tan fuerte que se hace posible levantar al niño del plano de apoyo y suspenderlo en el aire mientras se mantiene cogido de los dedos índices de la persona que lo esté explorando. El de prensión plantar funciona de forma semejante al anterior y consiste en la flexión de los cinco dedos del pie hasta presionar el estímulo, llegándolo a retener durante un corto período de tiempo. Esto parece ser un vestigio de la vida en los árboles, una reacción aún activa en el mono joven que le permite asirse a su madre mientras ésta utiliza las dos manos para subir a los árboles. Otros reflejos como son el de los cuatro puntos cardinales y el de succión, por ejemplo, sirven para que tanto el bebé como el animal recién nacido puedan localizar la fuente de alimentación.
Actualmente se acepta la idea de que el carácter distintivo de los homínidos es precisamente la adaptación a la marcha bípeda con el cuerpo erguido: esta posición implica una serie de características del esqueleto, como la modificación de la cabeza del fémur, el ensanchamiento del hueso iliaco, la disminución del tamaño del coxis, la modificación de las vértebras cervicales, y el cambio de posición del foramen magnum del cráneo. Todas ellas pueden ser reconocidas en los fósiles si están suficientemente bien conservados. Pero además de la postura erguida en posición bípeda, el ser humano ha experimentado otros caracteres evolutivos como son: la pérdida del pelo del cuerpo, pérdida del dedo pulgar oponible en las extremidades inferiores, disminución del tamaño de la zona mandibular y aumento del tamaño de la zona frontal y de las órbitas oculares.
La evolución de la postura erecta en el hombre, requirió el desarrollo de un mecanismo reflejo que sirve a la función de mantener y recuperar el equilibrio durante la bipedestación y la marcha. Este mecanismo consiste en un grupo de reacciones automáticas que Weisz (1938) denominó "reacciones de equilibrio", su índole es más intrincada que los reflejos de enderezamiento y son más específicas del hombre. A diferencia de los animales cuyos reflejos de enderezamiento están presentes en el momento de nacer y les permiten ponerse de pie enseguida y desplazarse, el ser humano desarrolla estos reflejos de un modo incompleto ya que el único que tiene el bebé desde el primer momento es el cervical, los demás (el laberíntico, el corporal que actúa sobre la cabeza, el corporal que actúa sobre el cuerpo y el óptico) irán apareciendo de forma progresiva hasta completarse a los seis meses de edad. Debido a esta falta de maduración el niño no podrá mantenerse de pie (sin ayuda) hasta aproximadamente el año de edad, fecha en que debe haber adquirido el equilibrio suficiente para la marcha.
Esta sucesión de fases madurativas ocurren principalmente en el sistema nervioso central y en las vías sensoriales y motoras, representando el paso previo y necesario para que puedan actuar de manera efectiva los procesos de aprendizaje. El desarrollo del cerebro humano comienza en las primeras semanas del embarazo y se prolonga hasta mucho después del nacimiento, siendo una fase especialmente crítica la que va desde aproximadamente la decimoquinta semana de gestación hasta el cuarto año de vida. El primer factor, denominado también genético o endógeno, constituye en cada sujeto el potencial de crecimiento con el que viene al mundo, y los procesos a que da lugar reciben el nombre de "maduración".
Se denomina Neurología Evolutiva a la ciencia que estudia los patrones normales de desarrollo, entendiendo éste como un proceso continuo que comienza con la fertilización y va evolucionando a través de etapas escalonadas, suponiendo cada una de ellas un grado de organización y maduración más complejo. El desarrollo está íntimamente ligado a los procesos de maduración del sistema nervioso y neuromuscular, sobre todo en lo que respecta a las funciones psicomotoras.
De todos es sabido que el recién nacido tiene un repertorio de movimientos muy distinto al del niño mayor o al del adulto debido a que están adaptados a otras circunstancias diferentes. Durante el primer año de vida el paso de una etapa a otra es vertiginoso, luego continua más lentamente en el segundo y va decreciendo en intensidad durante los años posteriores. Así observamos como durante los tres primeros meses el bebé presenta un tono muscular muy alto, apareciendo en una actitud de flexión que recuerda la posición fetal; las manos están firmemente cerradas y la cabeza rotada hacia un lado. En el segundo trimestre esta actitud de tensión va cediendo y sustituyéndose por otra de mayor flexibilidad donde los movimientos son cada vez más serenos; las manos se abren con frecuencia y la cabeza permanece largos períodos de tiempo en la línea media. Durante el tercer y el cuarto trimestre se aprecia en el niño un aumento notable de la flexibilidad permitiéndole llevarse los pies a la boca sin dificultad, pero a los dos años de edad, esa extensibilidad va disminuyendo y estabilizándose con el fin de proporcionar un tono muscular adecuado para las futuras adquisiciones motoras.
El dominio de determinadas posturas comienza hacia los seis meses de edad: primero en decúbito prono, luego en decúbito supino y en lateral, posteriormente en sedestación, cuadrupedia, arrodillado, bipedestación y finalmente el niño puede controlar la deambulación. Al mismo tiempo, las manos se convierten progresivamente en una herramienta altamente especializada que nos diferencia notablemente de los animales. Estas adquisiciones son importantísimas durante la primera infancia como lo señala el hecho de que el niño pase en el transcurso de pocos meses del estado de postración y dependencia total a conseguir la coordinación neuromotriz necesaria para moverse libremente, andar, correr, saltar, transportar objetos frágiles, hacer trazos, pintar, etc.
Para concluir podríamos decir que el sistema nervioso es el más complicado del cuerpo humano y que los procesos de aprendizaje varían según los grupos sociales y según cada individuo en particular; es decir, que el resultado del desarrollo depende tanto del factor hereditario como de las experiencias provenientes del medio. Por estos motivos hay veces en que resulta necesaria prestar una cierta ayuda a los niños, una estimulación enriquecedora que les permita suplir las carencias de las que han sido objeto y puedan, de esta forma, desarrollarse con normalidad.

BIBLIOGRAFÍA:
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