INFLUENCIA DEL NIÑO PROTAGONISTA EN EL DESARROLLO EVOLUTIVO DEL LECTOR INFANTIL

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INFLUENCIA DEL NIÑO PROTAGONISTA EN EL DESARROLLO EVOLUTIVO DEL LECTOR INFANTIL
García-Giralda Bueno, Mª L.
Jano: Medicina y Humanidades, vol. LXIV, nº 1469, p. 43, 2003
ISSN: 0210-220X


Las historias y los cuentos siempre han contribuido en gran medida a hacer más grata nuestra infancia. En el trascurso de los años hemos ido comprendiendo la importancia que tiene la literatura, quizás sea porque como dice Charpentreau (1969) todos somos el producto de una familia, de una tierra, de una raza, de una situación social, económica, de clase; pero también somos el producto de los libros que hemos leído por azar o por indicación de nuestra familia. Porque la literatura encontrada en nuestra infancia es una de las llaves de nuestra personalidad, de esas cámaras secretas de las que apenas percibimos su existencia en lo profundo de nosotros. Por eso, todos estos signos que nos atan a un lugar, y otros más, forman lo que denominamos la cultura de un individuo, y tanto si se desea como si no, la cultura condiciona al ser humano ya sea de forma consciente o inconsciente. Negar la cultura, y por tanto la literatura, es de alguna manera negarse a sí mismo.
Tanto en la literatura infantil mundial como en la literatura infantil española, los niños que han protagonizado los cuentos y las novelas durante el siglo XIX y durante la primera mitad del siglo XX han respondido a unos ejes paradigmáticos, esquematizados y estereotipados siempre en relación con el bipolarismo maniqueo: buenos y malos.
Sin embargo, se inicia un cambio a partir de 1950. El personaje niño abandona el eje paradigmático y se perfila desde su propia situación, desde sus realidades y desde sus dificultades tanto individuales como sociológicas quedando sometido, por tanto, a las mismas situaciones de crecimiento y de desarrollo de la personalidad del niño lector.
En España, a partir de 1960 se observa también este mismo fenómeno, con el que comienzan a tomar importancia los procesos de interiorización, la expresión del pensamiento mítico y fabulador, la evolución del pensamiento lógico, las expresiones de la voluntad, el desenvolvimiento de los sentimientos y de los intereses, los procesos de socialización, etcétera. Así pues, a medida que avanzamos en nuestro siglo, el niño protagonista ha ido siendo capaz de provocar en el lector infantil o preadolescente reacciones de asombro o de estímulo de acción, convirtiéndose de esta forma en el principal protagonista de sus propios cuentos.
Se trata de niños únicos, aunque pueden señalarse algunos rasgos comunes, siempre de acuerdo con las características psicológicas de la edad que estos encarnan. La mayoría de los protagonistas infantiles actuales están perfilados entre los 7 y 12 años y las principales características psicológicas se centran en torno a la conducta y a las reacciones concretas ante situaciones normales o extraordinarias.
Para Mercedes Gómez del Manzano (1897), estos personajes ofrecen una polarización tipificadora. Un bloque expresa personajes con actitudes positivas; son protagonistas abiertos, objetivos, activos, con dominio propio y dominio de las situaciones, con amplios intereses; influenciables, bien dispuestos al cambio, con capacidad de adaptación, alegres, animosos, optimistas, comunicativos, extrovertidos, emprendedores y confiados. Otros se caracterizan por ser reflexivos, pasivos, egocéntricos, hipersensibles, cerrados, distraídos, con poca fantasía, críticos, firmes en sus resoluciones, descontentos, intransigentes, tímidos, excitables, apocados, obedientes y reservados.
La mayoría de los personajes de la literatura infantil son personajes simples, reconocidos por un rasgo dominante que prevalece a lo largo de todo el cuento, aunque esta simplicidad no supone un obstáculo a la hora de captar los rasgos caracteriológicos más importantes de los niños y de los preadolescentes protagonistas.
En los cuentos modernos, el lector puede, no solamente, compararse fácilmente con los protagonistas, sino que además puede entrar en comunicación con ellos. El niño busca modelos de tipificación capaces de provocar emoción, asombro, admiración, risa, llanto... De este modo se entabla un proceso de homologación o imitación entre el plano vivencial y el narrativo, hasta tal punto, que el plano de lo narrado pasa a convertirse en marco de proyección. El niño es a la vez el inspirador y el reclamo. La transferencia del yo lector al yo narrado resulta sencilla debido a que los niveles psicológicos del personaje están en correlación casi directa con los niveles psicológicos del niño lector.
No interesan, aunque aparezcan expresados, los niveles sociológicos que pueden subrayar rasgos físicos o comportamentales, ni importan, de manera especial, aquellos aspectos indicadores de la familia, la nación o la tribu de la que son miembros; lo que realmente importa de estos personajes es la búsqueda de la personalidad en la que están embarcados, los modos con los que son capaces de remontar situaciones y ambientes.
Son niños que aparecen considerados en sí mismos. Con sus capacidades de atención, interés, emoción, fantasía, iniciativa, decisión o retraimiento, según los casos. Los personajes de la literatura infantil suelen tener superada la dependencia edípica, por lo que son más objetivos y menos egocéntricos con respecto a las cosas que les rodean.
Los protagonistas entre 10 y 12 años son por lo general afectivos, tienden a aceptar el mundo y la vida como son, valoran la amistad, buscan y desean la libertad, tienen multiplicidad de intereses, son francos, de buen carácter, observadores, violentos (aunque su violencia es siempre reductible y la dominan con rapidez). Estos personajes son los que acometen las aventuras, los que otean las dificultades de relación, los que sueñan con mundos utópicos, los que sufren lacras sociales, familiares, políticas, económicas, etc. Son niños capaces de experimentar emociones de placer, alegría, angustia, miedo, timidez, ...
En definitiva, podríamos decir que los procesos de identidad previstos por los psicólogos para las distintas edades de la infancia y de la preadolescencia se cumplen en estos personajes, ofreciendo generalmente dos dimensiones de identificación: la interiorización del yo en la que se perfilan la evolución de la afectividad, los procesos emocionales, el descubrimiento progresivo del sentimiento moral y las interrelaciones de la voluntad y de la inteligencia; y los procesos de inserción social desde niveles de integración familiar hasta otras múltiples posibilidades.

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Universidad Católica de Loja, Ecuador, Titulación de Magíster en Literatura Infantil y Juvenil, p.24. María Fabiola Huillcatanda Mayorga