ASPECTOS LÚDICOS EN LAS RELACIONES ENTRE ABUELOS Y NIETOS. SU INFLUENCIA EN EL DESARROLLO PSICOMOTOR DEL NIÑO

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ASPECTOS LÚDICOS EN LAS RELACIONES ENTRE ABUELOS Y NIETOS. SU INFLUENCIA EN EL DESARROLLO PSICOMOTOR DEL NIÑO
Autoras: García-Giralda Bueno, Mª L. y Robles Martín, B.
En Aula de Formación Abierta 2OO3-2004
Edita: Universidad de Málaga. Dirección General de Alumnos y Servicios a la Comunidad Universitaria de la Universidad de Málaga y Junta de Andalucía. Consejería de Asuntos Sociales. Delegación Provincial de Málaga, 2004, pp.583-587
ISBN: 84-9747-036-2



El desarrollo infantil durante los primeros años de vida se caracteriza por la progresiva adquisición de funciones tan importantes como el control postural, la autonomía de desplazamiento, la comunicación, el lenguaje verbal y la interacción social. Este proceso del desarrollo psicomotor es dinámico, sumamente complejo y se sustenta en la evolución biológica, psicológica y social.
Los primeros años de la vida del niño constituyen una etapa de la existencia especialmente crítica, puesto que en ella se van a configurar las habilidades perceptivas, motrices, cognitivas, lingüísticas, afectivas y sociales que posibilitarán una equilibrada interacción con el mundo circundante. Un mundo que cambia constantemente y en el que, creemos, es fundamental el papel que desempeñan los diversos miembros de la familia, especialmente los abuelos, a quienes vamos a dedicar los siguientes razonamientos.
Mucho se insiste en nuestro tiempo en el aumento de la esperanza de vida y en el progresivo envejecimiento de la población mundial. Este hecho, evidente en nuestro país al igual que en otros de nuestro entorno, supone un cambio profundo en el desarrollo social y en la percepción de la realidad.
La estructura por edades de las familias ha cambiado. La pirámide tradicional de muchos jóvenes y pocas personas de edad está sustituyéndose por una pirámide familiar invertida de un hijo, dos padres, cuatro abuelos y varios bisabuelos.
Así, estas transformaciones de nuestra sociedad han supuesto una modificación considerable de las formas de organización familiar y del papel que ocupan los mayores en el seno de la familia. Al aumento de los años de vida se une la evolución de los adultos mayores, que difieren mucho de los adultos de hace apenas unas décadas. En la mayoría de los casos, no sólo la imagen física, sino el vigor, la calidad de vida, la actividad y la filosofía de los abuelos actuales se diferencia enormemente de los abuelos que ellos tuvieron durante su infancia, hecho que supone un ajuste tanto en las expectativas de vida y madurez, como en las conductas que se espera de ellos.
Los abuelos ya no son el referente de identidad familiar. La sociedad rural, e incluso industrial, ha sido sustituida por la sociedad de los medios y de los servicios. Los valores y los etilos de vida de otras épocas han pasado también y ya no se pide asesoramiento a los mayores, sino que lo que se recibe de ellos es una actitud moral y social bastante imprecisa.
En este contexto social, donde la familia consanguínea no es ya la unidad de otros tiempos, es sobre todo la vinculación emocional la que mantiene la relación entre padres, hijos y nietos.
Un punto inicial que nos permitirá analizar el papel tan valioso que los abuelos desempeñan en la vida de sus nietos supone reconocer que la experiencia de los mayores es una auténtica fuente de conocimiento y sabiduría, aunque no la única.
Para los nietos, la casa de los abuelos es otra casa-hogar donde encuentran un refugio de seguridad -aspecto fundamental para el desarrollo integral del niño-, de estabilidad y de comprensión. El mundo de los abuelos brinda a los niños y a las niñas un referente socializador que aporta normas, valores y formas de entender la vida diferentes a la de los padres, enriqueciendo así el desarrollo del niño. Es un puente más para la adaptación social, con matices y colores distintos.
Los abuelos ofrecen al niño, sobre todo, tiempo, un tiempo ralentizado y diferente, alejado del quehacer diario, a veces vertiginoso, de los padres, o de otros miembros de la familia. A la edad en que una persona se convierte en abuelo o abuela se han cumplido ya una buena parte de los objetivos vitales y profesionales presentes en la existencia del ser humano. Ahora es el momento de entrar en otra fase, y de ofrecer, una vez más, algo a los demás. En esta ocasión a los nietos.
Desde esta perspectiva temporal, una parte importante de la herencia generacional que un mayor puede dar a sus nietos es el juego, y cualquier otra actividad lúdica que despierte la creatividad infantil de una manera amplia, al tiempo que favorezca el aprendizaje a través del entretenimiento.
Observada desde este ángulo, parece clara la proyección didáctica del juego como una dimensión del hombre que lo remonta a un mundo diferente, con otras reglas, donde se muestra la esencia de cada uno de nosotros, sin máscaras ni caretas, donde todo -o casi todo- puede conseguirse. El juego es el sueño hecho realidad, todo se trasforma según nuestro deseo y el hombre se remonta a lo más profundo de su ser.
También entre juegos, historias y canciones, los abuelos de hoy crecieron y jugaron como los niños de todas las épocas y ellos son quienes mejor pueden representar la síntesis entre la cultura ancestral y las nuevas tecnologías, al ofrecer a sus nietos todos sus conocimientos y experiencias infantiles, tan diferentes -en principio- a los que reciben los niños de nuestros días, proyectados a una dimensión lúdica virtual casi de forma permanente.
Los juegos tradicionales son el fruto del paso del tiempo, adaptados a las características socioeconómicas del lugar y tamizados por mentes creativas y dinámicas. Su transmisión, principalmente oral, los mantiene latentes de generación en generación en una evolución constante, y en ese trasvase generacional son rescatados por la memoria de los adultos para ser revividos por los niños.
Sin embargo, en la actualidad se alzan voces cualificadas que advierten del peligro de desaparición de la cultura infantil tradicional, propiciada, sobre todo -como ya hemos señalado con anterioridad- por los cambios observados en los modos de vida actuales.
Los juegos clásicos como El Escondite, La Gallina Ciega, El Tejo, La Pídola, El Trompo, Las Tabas, La Comba, Los Cromos, El Pañuelo, etc., apenas se ven jugar ya en las calles y plazas de nuestras ciudades. Tampoco es fácil encontrar niños que empleen parte de su tiempo en construir sus propios juguetes, la industria hace este trabajo por ellos. Más difícil aún resulta dedicarse -en nuestras sociedades urbanas- a la aventura de cazar pequeños animales como lagartijas, luciérnagas o mariquitas de Dios.
Por todos estos motivos señalados, desde aquí invitamos a todos cuantos son abuelos y abuelas a compartir con sus nietos todas sus vivencias infantiles recuperadas en el tiempo, experiencias favorecidas por las nuevas relaciones familiares y que de una forma tan decisiva ayudan al desarrollo integral de los niños y de las niñas.
Los juegos de acción, como andar, correr, el escondite, el aro, los juegos de pelota, construir juguetes o participar en representaciones teatrales contribuyen al progreso físico y mental de los niños, y a alcanzar hábitos deportivos saludables para todos, porque el juego es una necesidad congénita, es algo fundamental para conseguir un desarrollo normal.
Junto a esta rica práctica lúdica del juego, no podemos dejar de señalar también la gran influencia que tiene sobre la infancia el extraordinario mundo de los cuentos y las historias, transmitidos sobre todo a través de la palabra hablada. Para el niño pequeño, la palabra oída ejerce una fascinación enorme, como lo indica Ana Pelegrín, autora y estudiosa de literatura infantil, en su libro titulado La aventura de oír. Cuentos y memorias de tradición oral. Según ella, podemos formular la hipótesis de que la literatura oral es una forma básica, un modo literario esencial en la vida del niño, porque la palabra está impregnada de afectividad. El cuento, el romance, la lírica construyen el mundo auditivo-literario del niño, le incorporan vivencialmente a una cultura que le pertenece, le hacen partícipe de una creación colectiva y le otorgan signos de identidad.
Los niños que tienen la suerte de vivir cerca de sus abuelos podrán disfrutar sin límites de todas las historias y cuentos que las costumbres y la tradición oral nos han legado. Para ellos, los abuelos ven el mundo y su bullicio con una mirada distinta y, sobre todo, poseen tiempo, esa materia fundamental para poder contar y escuchar con plenitud.
El abuelo y la abuela enredarán mil veces a los personajes de las mismas historias, inventarán y contarán otras antiguas vestidas con ropajes nuevos, leerán poemas y cuentos fantásticos y envolverán al niño y a la niña en trabalenguas de pronunciación casi imposible hasta empaparlo de una formación humanística que los acompañará para siempre. Y así podemos observarlo en este ejemplo:

Doña Panchívida
Se cortó un dévido
Con el cuchívido
Del zapatévido.

Y su marívido
Se puso brávido
Porque el cuchívido
Estaba afilávido.

BIBLIOGRAFÍA:
Bravo Villasante, Carmen: Arre, Moto, Piti, Poto, Arre, Moto, Piti, Pa. Editorial Escuela Española, Madrid, 1984.
Bravo Villasante, Carmen: Ensayos de literatura infantil. Secretariado de Publicaciones de la Universidad de Murcia, Murcia, 1989.
Pelegrín, Ana: Cada cual atienda a su juego. De tradición oral y literatura. Editorial Cincel, Madrid, 1986.
Pelegrín, Ana: La aventura de oír. Cuentos y memorias de tradición oral. Editorial Cincel, Madrid, 1984.
Stokoe, Patricia: La Expresión Corporal: guía didáctica para el docente. Ricordi Americana, Buenos Aires, 1978.
VV. AA.: Libro Blanco de la Atención Temprana. Real Patronato sobre Discapacidad, Madrid, 2001.